La historia de Antonio Hernández Rodicio

Recordar siempre es un ejercicio que produce cierto desgarro, aunque solo sea por la constatación del paso del tiempo. A ello me invita el colegio en el que transcurrió mi aprendizaje escolar, desde el jardín de Infancia, con la señorita María José, hasta segundo de BUP.  Siempre hay una patria en la infancia. Yo la tuve en la calle 24 de Julio. Eran años en los que el colegio crecía desordenadamente, sumando edificios de los alrededores, ampliando instalaciones, reformando patios, abriendo laboratorios e improvisando canchas deportivas al fondo de un exiguo callejón que no parecía tener fondo. Un ajetreo constructivo que delimitaba la frontera ferroviaria, donde una generación entera puso pesetas en la vía al paso del tren y cogió vinagretas que sabían a rayos.

Fueron años de aprendizaje, de respeto a muchos de los profesores que dejaron huella y, sobre todo, de amistades. Los amigos de verdad se hacen cuando aún no entiendes cómo funciona la vida. En esos años el afecto se produce de forma natural, sin condiciones. Esa siembra fue extraordinaria. De aquel paso me queda la amistad inquebrantable de un buen grupo de ex alumnos: Juan Luis Álvarez Balboa, José Antonio Iglesias, Francisco Delgado de Mendoza, Paco Gómez o el ínclito Ángel Núñez, quien me precede en el uso de este espacio, por citar solo a algunos.

Nuestra vida escolar transcurrió en paralelo a la transición a la democracia, sin olvidar el sobresalto de toda una generación que empezaba a afeitarse cuando un 23F aciago nos sacó precipitadamente de clase, camino de casa, sin entender más que lo justo. Pero el colegio también dejó en nosotros una magdalena proustiana: Argantonio olía a habanos, al dulce humo del mejor tabaco de vuelta abajo. José Manuel García Gómez, fundador y director del centro, anunciaba su presencia en las inmediaciones con el aroma del veguero. Director especialísimo, del que el recuerdo trae mejores y peores momentos, por ser justos con nosotros mismos, pero a quien nadie puede regatearle dos grandes méritos: la construcción de un proyecto empresarial escolar que aún hoy existe y crece; y el haberle inculcado a una generación completa el amor por la literatura y la poesía.

Imposible no acordarse de Don Elías, de Ángel Carnota, de José María García, de Jaime Vallejo, Cristóbal o el malogrado Rafael Chilía. Allí nos hicimos mayores, nos dispersamos y comenzamos a vivir el siguiente peldaño de la vida. Hoy, cuando amablemente Luis García Gil, me pide estas líneas, compruebo que de aquel colegio que crecía asimétricamente, me quedan más recuerdos y vivencias de las que recordaba.  Si al final todo se reduce, como escribió Lincoln, a la vida de los años y no a los años de vida, concluimos que vivimos aquellos años con mucha vida dentro, con experiencias impagables de aquel feliz tiempo en el que fuimos chavales en un colegio al fondo de un estrecho callejón.


Antonio Hernández-Rodicio, es periodista y diplomado en Alta Dirección de Empresa por el Instituto Internacional San Telmo. Ha desempeñado, entre otros puestos de responsabilidad, la dirección nacional de la Cadena SER. Comenzó su carrera profesional en el Periódico de la Bahía de Cádiz, en 1991. Los diez próximos años los pasó en Radio Cádiz de la cadena SER. Y la década siguiente como subdirector, primero, y director de El Correo de Andalucía, en Sevilla.