La historia del profesor Elías López Contreras
Nuestro querido profesor Elías López Contreras, que fuera Jefe de Estudios. nos cuenta en el siguiente texto una historia vivida y sentida en primera persona. La de los primeros años del Colegio Argantonio y la de su amistad con nuestro fundador José Manuel García Gómez. También comparte un emotivo texto.
Memoria de aquellos años setenta en el que Argantonio era una historia que empezaba, una ilusión en movimiento, un sueño habitado.
Seguimos compartiendo historias, vivencias, celebrando nuestro 50 aniversario.
«Me uno a todos vosotros y vivo en cercanía el cincuenta aniversario de Argantonio. ¡Cincuenta años ya! Cifra respetable y redonda, ya lo creo. Pero aún produce mayor sensación si decimos medio siglo porque esta palabra, siglo, siempre la asociamos con algo que se nos pierde muy atrás en el tiempo. En cualquier caso, mi querido Argantonio, te has convertido ya en un ser cargado de años pero, sobre todo, de experiencia, que siempre se acumula con el paso de los años.
¡Cuánto me alegra poder estar contigo en esta fiesta de cumpleaños! Supone para mí evocar recuerdos, vivirlos y más que nada, rescatar el tiempo, el nuestro, el que viví contigo, y con quienes encontré a tu lado.
Lo recuerdo bien. Aquella tarde, en el límite mismo de las horas achicharradas de la siesta, te busqué afanosamente, pero por ninguna parte veía indicios de lo que, en mi fuero interno, tenía que ser un edificio dedicado a eso, a ser colegio. Para colmo, te llamabas Argantonio. Te confieso que, en mi ignorancia, aunque tenía noción de los Tartessos, desconocía el nombre de su mítico rey, al que Heródoto de Halicarnaso, padre de la historiografía, rememora en sus libros.
Allí estabas. Te encontré en aquella calle sin salida. Te vi pequeño, coquetón y exquisitamente adornado como vestido con tus mejores galas. En mi interior sentí que me ibas a enamorar mucho, que serías el primer amor de mi vida, nunca suplantado por ningún otro. Alguna vez te susurré al oído lo que el rey castellano, embelesado con el hechizo de su magia, le dijo a la cautivadora y deseada Granada. «si tú quisieras, contigo me casaría».
Aquella tarde, después de ese primer encuentro contigo, tuve larga conversación con José Manuel, maravilloso timonel, fuertemente vocacionado para la enseñanza, curtido con años de aula pero que aún conservaba la misma ilusión de sus primeros momentos. Con fluida palabra, con giros elegantes, con exquisito lenguaje, me habló del proyecto de ese Centro que estaba aún en rodaje. Comprendí algunas cosas: que José Manuel estaba muy enamorado de la enseñanza y, además, que era un artista del lenguaje; de suyo, al día siguiente, supe que era también un gran poeta. ¿Cómo no iba a intuir también que en él tendría un gran maestro? Y así fue, empecé a aprender a su lado.
Tú, Argantonio, fuiste testigo de todo lo que supuso para mí estar al lado de ese gran maestro. Quería aprender rápido y lo iba consiguiendo a pesar de las enormes dificultades. A los retos que suponía un proyecto de envergadura como el iniciado contigo, había que añadir los problemas surgidos de la implantación de un nuevo sistema educativo. La Ley de Villar Palasí, aprobada en 1970, precisamente el mismo año en el que tú, mi querido Argantonio, iniciabas tu andadura. Aquella ley nacía con ansias de verdadera reforma. Pretendía superar un sistema anticuado e inadecuado de injusta discriminación respecto a las posibilidades de acceso a la educación de un sector muy numeroso de la población y sustituirlo por otro que se regía por los principios de igualdad de oportunidades y, al menos para la EGB, por los principios de gratuidad y de obligatoriedad. La nueva reforma educativa implicaba, naturalmente, novedosos enfoque pedagógicos y metodológicos, a lo que había que añadir también el paso flexible de los alumnos del antiguo Bachillerato Elemental al plan de estudios de la EGB.
¿Recuerdas, Argantonio, cuántas reuniones teníamos en tus aulas o en tus despachos? ¡Cuántos cursillos para ayudarnos a desbrozar los nuevos derroteros por los que había que caminar en aquellos momentos! Teníamos que captar las pretensiones de aquella reforma, sus enfoques pedagógicos, teníamos que hacer vida un sistema de enseñanza en el que la comprensión y la expresión se constituían como eje fundamental; había que buscar actividades que ofertaran otro aprendizaje de perfiles diversos al monótono y, a veces, frío y aburrido saber impreso del libro y, sobre todo, teníamos que motivar al alumnado. No fue tarea fácil y tú eres testigo de ello, Argantonio.
También eres testigo de cómo todos remábamos con fuerza en la misma barca. ¡Qué grandes profesionales tuviste en aquellos años a pesar, es cierto, de la juventud de todos! ¡Qué tándem tan perfecto en aquellos inicios: José Manuel en el ámbito educativo y Catalina que resolvía con eficacia la cuestión económica!
La vida, a veces te dirige por sendas distintas. Llegó el momento en el que tuve que dejarte, Argantonio, y me despedí de ti con dolor. Detrás quedó esa ciudad donde todo huele y sabe a mar, detrás quedó su «salada claridad», su historia de milenios, su carácter indómito, el arte inigualable de tocar las palmas, la magia de su carnaval con las letras atrevidas de las chirigotas, detrás quedaron sus plazuelas rebosantes de encanto y sus angostas y bulliciosas callejuelas. Me despedí también de su mar azul y de sus playas. Puedo confesarte, Argantonio, que, al hacerlo, se me encogía el alma. Lo que nunca dejé detrás fue la amistad y el recuerdo permanente de todos los compañeros con quienes compartí esfuerzos e ilusiones desmedidas. Lo que no pude dejar fue, sobre todo, es el amor grande y el cariño a una familia, José Manuel, Catalina , sus hijos, que sentí como propia y que hice mía.
Espero, mi querido amigo Argantonio, que esta última confesión no haya levantado celos en ti. Al fin, aquellos niños, hoy convertidos en hombres, José Manuel, Daniel, Luis, luchan ahora para que sigas manteniendo tus fuerzas, tus sueños y Catalina sigue dándote vida cada instante. Pero ten cuidado, mi querido amigo, porque ahora soplan vientos huracanados que pueden hacerte daño».
«No te rindas que la vida es eso,
continuar el viaje,
perseguir tus sueños,
destrabar el tiempo,
correr los escombros y destapar el cielo.
No te rindas, por favor no cedas,
aunque el frío queme,
aunque el miedo muerda,
aunque el sol se esconda y se calle el viento,
aún hay fuego en tu alma,
aún hay vida en tus sueños.»
