La historia del profesor y antiguo alumno Alfonso Chapela Astorga
Cuando hablamos del paso del tiempo, no nos damos cuenta de qué manera el tópico literario tempus fugit se hace presente. No muchas entidades pueden estar orgullosas de cumplir medio siglo de existencia y entre ellas está nuestro colegio que particularmente añadiría que debe estar además satisfecho con su labor de enseñanza.
Era muy joven cuando llegué a este centro. Entré al año siguiente de su inauguración, porque en la academia San Carlos de nuestra ciudad donde yo estudiaba, ya no tenía más cursos que seguir. Mis padres decidieron buscar un centro cercano a nuestra vivienda y acababan de abrir uno en la zona. En el Instituto Hidrográfico donde mi padre trabajaba ya le habían comentado que era un colegio innovador, incluso para niños y niñas. En esta época era el único mixto en Cádiz y comenzaba a implantarse un nuevo sistema educativo en España. Con una tremenda ilusión hicieron mi inscripción. Recuerdo la alegría de ir con ellos a ver las instalaciones de un colegio de mayores, a pesar de mi corta edad. Me quedé sorprendido de las mesas y sillas, la decoración moderna que contrastaba con la tradicional aula de bancos y pupitres de madera de la mitad del siglo pasado donde todavía tenían un hueco para colocar el tintero, ya en desuso.
Al empezar sexto de EGB, me encontré en una clase de no más de veinte alumnos, pero en los años siguientes de esta etapa se fueron incorporando más, pero ya empezaba a saborear algo que sería un punto fuerte de nuestro centro, el trato respetuoso, pero familiar, con cariño como si una gran familia se tratase. Aquí estaban en práctica las modernas técnicas pedagógicas, donde las actividades y los juegos al aire libre, un incipiente laboratorio, el aula de música y de dibujo se nos ofrecían para acercarnos a la enseñanza creativa y científica. Novedades para mí, el uniforme y el número de profesores. El uniforme era en aquella época, pantalón gris como ahora, jersey azul marino con el escudo del colegio bordado, camisa de color crema y rematada con una corbata al estilo inglés, y chaqueta azul marino, también teníamos un peculiar uniforme para el verano: jersey rojo y pantalón vaquero; con respecto al uniforme deportivo, muy genuinamente gaditano, camiseta amarilla con el nombre de Argantonio en azul y después en negro, calzonas y chándal azul marino. El número de profesores aumentó considerablemente. Entre ellos, el fundador del colegio, don José Manuel García-Gómez para las clases de Lengua con su extraordinaria fuerza de voz particular no sólo al recitar poemas sino también en sus explicaciones. También don Elías Contreras, don Eduardo Santander, don Manuel Ragel…Recuerdos imborrables.
Al terminar esta etapa, con esfuerzo decidieron que continuara mis estudios de bachillerato, aquel entonces BUP, etapa no concertada. Hay que decir que el colegio Argantonio iba ampliando sus instalaciones cada año, al igual que junto con mis compañeros íbamos abriendo cursos de enseñanza. Éramos el curso insignia como buque que abre su ruta por primera vez. En esta etapa, cambié el rol de alumno por el de profesor al permitirme por la tarde quedarme en el centro para ayudar a otros alumnos en sus dificultades. Esto me permitió vislumbrar mi interés por la enseñanza. Así llegamos a la última etapa, el curso de orientación universitaria, el COU. Un curso decisivo, con un profesorado muy exigente y especializado: don Juan Ravina, doña Rosario Martínez, don José María López, don Francisco Pavón, don Luis Gonzalo, don Antonio Aranda entre otros. Era la primera promoción de alumnos de COU y nos enfrentamos a la famosa selectividad. Precisamente, hace muy poco nos reunimos muchos de esta promoción. Fue un encuentro muy entrañable para todos, recordando aquellas primeras aulas, los pasillos… y aún más emotivo sucedió en el salón de actos del cole, nuevo para ellos, donde doña Catalina Gil, fundadora del centro, junto con don Luis García como gerente, recibían una placa recordatoria del momento presente en sus 50 años de manos de doña Elisa Aragón y tras las palabras de un singular y no menos cariñoso discurso de don Juan José Estela, ambos en representación de esta primera promoción. El pasado se hacía presente.
No obstante, continúo recordando. Al finalizar mi carrera universitaria, regresé a mi colegio, pero ya estaba en otra etapa de enseñanza. En esta ocasión, la confianza depositada durante años en mí de nuevo estaba en mis manos. Cambié de ser un alumno a estar en el otro bando de la enseñanza como profesor. Ahora la visión era otra al estar como compañero de algunos de mis estimados profesores. Esta circunstancia se transforma en un destacado privilegio que muchos no tienen. Recuerdo como en la sala de profesores y en las reuniones hablábamos de enfoques, exigencias y cambios en los intereses del alumnado. Es, sin duda, una seña de identidad del colegio como bien tenemos el lema de enseñar nos mejora. Siempre aprendemos enseñando, transmitiendo el conocimiento necesario con habilidades y estrategias para conseguir que nuestro alumnado se sienta persona con ganas de aprender y avanzar en el pensamiento y en su vida. Cada día es un reto en el que estamos inmersos y llenos de ilusión. El novelista francés Gustave Flaubert, nos decía “Nunca dejamos de aprender, aunque sea de forma indirecta” y así es, enseñamos a los alumnos y aprendemos de ellos. Debemos recordad que el enriquecimiento de todos en sabiduría es mutuo entre ambas partes y así llegaremos hasta donde nuestra imaginación alcance.
A lo largo de los años, el profesorado de nuestro Argantonio siempre se ha adaptado a las nuevas leyes educativas, a los enfoques metodológicos diversos, a las novedades del currículum, a los cambios de contenidos, y también a las nuevas tecnologías, intentando estar al día en todos los aspectos de la enseñanza que se consideran novedosos de la mano del director y fundador don José Manuel García-Gómez en sus comienzos y desde 1994 de la mano de su hijo, don José Manuel García Gil.
He visto el crecimiento de nuestro colegio casi día a día, año tras año, cómo ha ido cambiando su fisonomía con reformas, obras y edificios nuevos, cómo aulas pretéritas se han vuelto nuevas, cómo aquel patio de tierra y de charcos colindante con la vía férrea ha pasado a ser una instalación deportiva, cómo sus aledaños llenos de matorrales se convierten en pasillos y en otros habitáculos, cómo de aquellas dos plantas iniciales de entrada por la calle 24 de julio junto al portal del edificio ha llegado a la ocupación actual. También cómo se añadían servicios de gabinete médico, gabinete psicopedagógico, comedor… Todo como la vida misma, una institución viva en constante evolución.
Finalmente, es evidente que no puedo dejar de pensar que el colegio Argantonio ha sido y es parte de mi vida durante casi cuatro décadas como alumno y profesor.
