La historia del sarcófago antropoide masculino

Los antiguos alumnos del Colegio Argantonio recordarán un cuadro que se encontraba a la entrada del colegio, junto a Secretaría. En él podía verse una fotografía en blanco y negro del sarcófago antropoide masculino hallado en Cádiz, una magnífica pieza arqueológica cuyo descubrimiento impulsaría la creación del Museo Arqueológico de Cádiz.

Aquello fue antes de que, en 1980, apareciera el sarcófago antropoide femenino, popularmente conocido como la Dama de Cádiz.

Durante años, muchos alumnos creyeron que aquel rostro era el del mismísimo rey Argantonio. Y, en cierto modo, esa había sido la intención de José Manuel García Gómez, director y fundador del colegio: poner un rostro, aunque fuera imaginado, al personaje que daba nombre al proyecto educativo que había creado en 1970.

La historia tenía, además, un curioso antecedente.

En una carta fechada en Cádiz el 10 de agosto de 1976, José Manuel García Gómez se dirigió a Laura Hurtado de Mendoza, de la Secretaría Particular de S. M. la Reina de España. En ella recordaba unas palabras pronunciadas por la reina Sofía dos años antes, en agosto de 1974, cuando, siendo todavía Princesa de España, intervino en la clausura de los XXV Cursos de Verano para Extranjeros celebrados en Cádiz:

“Pues bien, volviendo al tema del sepulcro de Cádiz, hay una incógnita por la que siento una gran curiosidad. ¿A quién perteneció esta sepultura? No cabe duda de que fue un personaje importante. Su singularidad en la necrópolis gaditana y su categoría así lo hacen pensar. ¿Por qué no dejar volar la imaginación y creer que fue la última morada de Argantonio?”.

José Manuel García Gómez quiso que aquellas palabras, escritas de puño y letra por la propia reina Sofía, ocuparan un lugar destacado en el colegio, junto a la reproducción fotográfica del sarcófago.

No pretendía afirmar que aquel hombre hubiera sido realmente Argantonio. Era algo mucho más sencillo y, quizá por eso, más hermoso: dejar volar la imaginación.

Así, durante muchos años, generaciones de alumnos pasaron delante de aquel rostro de piedra creyendo, o queriendo creer, que contemplaban al legendario rey de Tartessos que daba nombre a su colegio.